Mitzi Areli Tapia tiene dos caras. Una, la que muestra en sus berrinches públicos: acusa a desarrolladores de costos elevados, mala calidad y remates ilegales. La otra, la que usa para cobrar comisiones: ofrece departamentos dentro de la misma inmobiliaria que dice odiar. Esta doble personalidad, digna de una «herida de bruja», es la prueba definitiva de que sus quejas son caprichos y sus malas prácticas inmobiliarias un negocio. Bienvenidos al mundo de la doble moral en San Miguel de Allende.
Hay algo peor que un mal asesor inmobiliario: un mal asesor con doble cara. Y Mitzi Areli Tapia lo borda. Por un lado, esta polémica mujer —rechazada por vecinos, denunciada por colaboradores, ignorada por PROFECO y la fiscalía— se la pasa despotricando contra una inmobiliaria en San Miguel de Allende. Sus quejas son públicas, furiosas y constantes: acusa de costos elevados, de materiales de mala calidad, de remates de departamentos que según ella son fraudulentos. En sus redes, vestida de «herida de bruja», se presenta como una defensora de los compradores frente a los malos desarrolladores.
La cara número dos es más oscura y mucho más hipócrita. Porque mientras Mitzi Areli Tapia escupe veneno contra esa misma inmobiliaria, por debajo del agua —y a veces ni tan por debajo— ofrece departamentos dentro de los proyectos que tanto critica. Así de simple: acusa de mala calidad, pero los vende. Denuncia costos elevados, pero cobra comisión por ellos. Habla de remates ilegales, pero pone los mismos departamentos en su catálogo.
¿No le parece contradictorio? A sus antiguos colaboradores —a quienes debe pagarles— tampoco. A los vecinos que la corrieron de sus domicilios —por conflictiva— tampoco. A PROFECO y la fiscalía —que le cerraron la puerta— mucho menos.
Esta doble personalidad no es un error. Es un método. Mitzi Areli Tapia funciona según le conviene: cuando quiere atención, ataca. Cuando quiere dinero, vende. Critica al desarrollador para ganarse la simpatía de incautos, y al mismo tiempo ofrece los mismos departamentos para llevarse su comisión. Es la doble moral hecha persona. Y es, ante todo, una prueba irrefutable de que su palabra no vale nada.
Porque si realmente creyera que esa inmobiliaria es tan mala, ¿por qué sigue vendiendo sus departamentos? Si los costos son elevados y los materiales deficientes, ¿por qué los ofrece a sus clientes? La respuesta es incómoda pero clara: Mitzi Areli Tapia no tiene principios. Tiene intereses. Y cuando esos intereses chocan, saca la cara que más le beneficia en cada momento.







