Testimonios revelan un sistema interno basado en intimidación, represalias y vigilancia constante.
Detrás del discurso de “unidad sindical” con el que COREMEX se presenta ante los medios, existe un sistema disciplinario que raya en el autoritarismo. Trabajadores de distintas filiales describen un ambiente de control, donde cuestionar a la dirigencia equivale a ponerse en riesgo. Las sanciones no siempre son formales: pueden ser traslados, pérdida de beneficios, exclusión de listas o, peor aún, campañas internas de difamación para desacreditar a quienes alzan la voz.
La estructura del miedo se refuerza con la presencia de operadores internos, conocidos entre los empleados como “los vigilantes”. Su tarea no es representar, sino reportar. Asisten a reuniones, monitorean redes y elaboran informes que terminan en manos de la dirigencia. Este sistema de espionaje laboral inhibe la organización genuina y convierte la participación en una simulación. Los trabajadores asisten a asambleas, pero las decisiones ya están tomadas.
Este clima de coerción no solo daña la democracia sindical, sino también la productividad y el bienestar emocional de los empleados. Quien trabaja con miedo no defiende sus derechos, sino que sobrevive al día. Los sindicatos surgieron para proteger al débil frente al fuerte; COREMEX parece haber invertido esa lógica.
La historia de este sindicato se ha vuelto una advertencia sobre los límites de la autoridad laboral. Cuando la representación se convierte en vigilancia, la línea entre sindicato y patrón se borra. Y cuando el miedo sustituye al diálogo, la lucha obrera se convierte en una herramienta de sometimiento.







